Qué ver en Vancouver (2)

Grinder apareció en 2001 deshidratado y medio muerto de hambre, vagando por una carretera poco concurrida cerca de Invermere, al norte de la Columbia Británica. En aquel momento tan solo pesaba 4,5 kilos y acababa de perder a su madre. ¿Qué fue de ella? Nunca se supo.

Coola apareció pocos días después junto a una autoestopista cerca de Bella Coola. Un coche había arrollado a su madre y la había matado. Coola y sus dos hermanos permanecieron junto a ella hasta que fueron a rescatarlos, pero desafortunadamente cuando el equipo que pretendía ayudarlos apareció, uno de sus hermanos huyó, se internó en el bosque y nunca más se supo de él. El otro no sobrevivió y murió a los pocos días a causa de la desnutrición. Coola se quedó solo.

Así aparecieron los huérfanos de Grouse Mountain. Ya han pasado trece años desde entonces, hoy en día Grinder y Coola ya no tienen nada de pequeños desnutridos y han crecido hasta convertirse en dos magníficos ejemplares de oso Grizzly. Y no solo han crecido sino que se han convertido en los habitantes más famosos de la montaña.

Grinder y Coola haciendo cosas típicas de oso tales como estar tumbado durante horas, rascarse o jugar con sus propios pies

Grinder y Coola haciendo esas cosas típicas que hacen los osos: rascarse la espalda contra un árbol y estar tumbado durante horas

Con una pareja de osos Grizzly como reclamo, apuntamos Grouse Mountain en nuestra lista de visitas obligatorias para nuestros días en Vancouver. La verdad es que no somos muy amantes de los animales enjaulados y sentimos una punzada de culpabilidad cada vez que le damos juego a estos espectáculos, pero somos conscientes que las posibilidades de encontrarnos un Grizzly en libertad son tan escasas como indeseables. Mirad el documental Grizzly man y sabréis de qué os hablo.

Grouse Mountain es un pico de 1200 metros que se alza al norte de Vancouver. Durante nuestra visita, a finales de mayo, las pistas de esquí estaban cerradas, pero en invierno pese a ser una estación relativamente pequeña, están bastante concurridas dada su proximidad con la ciudad. Llegar hasta allí es de lo más fácil y lo mejor es que se puede ir de gratis. Si no se quiere pagar el transporte, se puede coger uno de los buses lanzadera que salen regularmente desde delante de Canada Place y que, en apenas veinticinco minutos, os dejarán en el aparcamiento al pie de la montaña.

Llegados a este punto hay que decidir: ¿Subir por la pista forestal o coger el teleférico?La primera es la opción difícil y barata y la segunda la fácil y cara. Como os podéis imaginar ni nos planteamos la segunda opción y nos encaminamos hacia el inicio de la ruta que asciende la montaña. Cuando vimos que todo el mundo iba perfectamente equipado con las bambas de correr, los cronómetros y pulsómetros, con las mallas y bien provistos de agua empezamos a sospechar que no sería exactamente un paseo. Todo el mundo haciendo estiramientos y precalentando y nosotros con la cámara al cuello y en tejanos. Y aún así lo intentamos.

Entrada del Grouse Grind Trial

Entrada del Grouse Grind Trial

Aquí se acaba la épica. Lo intentamos durante unos cien metros y luego agachamos la cabeza evitando las miradas de los deportistas ultramotivados y volvimos por donde habíamos entrado. En nuestra defensa apuntaremos distintos factores: nos presentamos ataviados en plan turista para echar fotos, no para trepar por una montaña; la parte intermedia de la montaña estaba cubierta de niebla y amenazaba con lluvia, y además ese día tampoco habíamos salido muy pronto de casa y llegamos a la montaña casi a mediodía  y siendo que el último autobús gratuito volvía hacia a Vancouver a las 17.00 teníamos que ajustar el tiempo tanto como pudiéramos. Hablando con los encargados del autobús nos comentaron que si se está en forma y se va a buen ritmo se puede completar el ascenso en una hora y media o dos, así que echando cuentas vimos que no nos salía a cuenta subir a pie.

La cuestión es que finalmente pagamos el riñón correspondiente y subimos al teleférico un poco mustios. Un consejo que os damos para que no cometáis el mismo error que nosotros: justo detrás del párquing principal está el hábitat de Alpha el lobo. Nosotros solo lo vimos un instante mientras empezábamos a subir con el teleférico y apenas distinguimos un gran lobo gris desprendiéndose de su grueso pelaje de invierno, lo que le daba el aspecto de ser un gran perro cubierto de rastas. El animal disfruta de un gran hábitat bastante frondoso así que nadie os asegura que podáis verlo, de hecho cuando bajamos estuvimos un buen rato montando guardia y no lo vimos ni por asomo.

Teleférico

Teleférico ascendiendo hacia el pico de Grouse Mountain

La cuestión es que el teleférico subió y subió, cruzó la niebla y llegamos a la cima. ¡Cómo agradecimos habernos traído las chaquetas! Nada más bajar nos dimos cuenta que la temperatura había bajado drásticamente y que había hielo por todos lados. ¡Y eso que el día antes habíamos estado sudando en la playa!

Como os podéis imaginar, nada más llegar fuimos corriendo a buscar el hábitat de los osos y…. no estaban por ninguna parte. El hábitat era la parte superior de una pequeña colina, llena de árboles, con un par de estanques, una cabaña para pasar los meses más duros del invierno y miles de lugares donde esconderse de los turistas. ¡Que frustración! Pero bueno, a la vez nos alegramos porque al menos vimos que los osos no estaban confinado en un espacio diminuto y agobiante sino que, dentro de lo que cabe, tenían cierto espacio para moverse.

Costó encontrarlos, pero al final, después de montar guardia y de dar varias vueltas alrededor de la cerca electrificada, los divisamos. Al principio solo los intuimos y durante un buen rato dudamos un buen rato entre si mirábamos el lomo de un animal o tan solo una piedra. Finalmente el animal se despertó y descubrimos que lo que durante mucho rato parecía la Amazing breathing rock, tal i como la bautizó un hombre detrás nuestro, era, efectivamente, uno de los huérfanos de Grouse Mountain. Un oso somnoliento y perezoso que ignoraba todo cuanto ocurría a su alrededor y que solo se preocupaba de ciertos picores en la espalda o se dedicaba concienzudamente a observarse la planta del pie. No fue hasta un buen rato después, cuando uno de los cuidadores depositó estratégicamente unas manzanas y unas cuantas zanahorias al descubierto, que pudimos observarlos bien.

Grinder o Coola

Uno de los dos huérfanos paseando por la nieve ¡ Menudo susto se llevó cuando se le partió la placa de hielo y casi cae al agua!

Satisfechas nuestras ganas de observar de cerca un animal tan impresionante, fuimos a ver qué más nos tenía preparado la montaña. Ya que habíamos pagado por subir, íbamos a ver hasta el último rincón. Primero fuimos a ver el espectáculo de las aves rapaces. Majestuosos cazadores del aire adiestrados para saltar de un poste a otro para deleite de los turistas. Si estas aves supieran que podrían surcar el cielo canadiense en vez de estar mendigando trocitos de carne y durmiendo dentro de una jaula, no dudarían en lanzarse contra el público con sus garras bien desplegadas o soltarles un regalo pasteloso desde las alturas. Búhos, águilas, halcones y hasta un buitre desfilaron como modelos por delante de medio centenar de cámaras que sacaban humo.

Halcón

Halcón

Los que si que disfrutaron realizando su espectáculo fueron los dos leñadores protagonistas del divertido show que, después de los osos huérfanos, es el principal reclamo de la montaña fuera de la temporada de esquí. ¿Qué hay más canadiense para el turista de clichés que un par de hombres de espalda ancha, con una camisa a cuadros y un hacha? Solo faltaba que apareciese por ahí un alce cargando sirope de arce y con un sombrero a lo David Crocket. Puro Canadá.

Hachas, sierras eléctricas

Hachas, sierras eléctricas y unas buenas dosis de humor para un buen espectáculo

En la parte superior del pico se alza el llamado Eye of the Wind, una torre mirador con, por lo que comentan, unas grandes vistas sobre la ciudad de Vancouver y las tierras de alrededor. Nosotros no subimos porque no hacía muy buen tiempo y una gran nube nos ocultaba el resto del mundo y, básicamente, porque había que pagar un extra.

Hasta aquí nuestra visita a Grouse Mountain. A pesar de haber tenido que pagar habiéndonos desviado un poco de nuestro plan de elegir siempre a la forma barata, la satisfacción de haber podido ver los osos y habernos reído un buen rato con  los leñadores nos dejó con un buen sabor de boca.