Cuando lo vimos de reojo no entendimos qué era. Apenas había sido un instante para luego desaparecer tras la arboleda que bordeaba la carretera. Nos miramos incrédulos y, al momento, clavamos la mirada hacia ese lado expectantes. Queríamos asegurarnos de lo que habíamos visto. A los pocos segundos los árboles se aclararon y nos mostraron de nuevo la escena. Hubo un cruce de miradas dentro del coche y, automáticamente, pusimos el intermitente a la derecha. Teníamos que verlo de cerca.

Tomamos la primera salida y entramos al pueblo de Pacifica, aparcamos y corrimos hasta el paseo marítimo. Por unos instantes nos quedamos allí de pie frente al mar, en silencio, impresionados por el magnífico despliegue de fuerza que nos ofrecía la naturaleza. Habíamos visto oleajes impresionantes recorriendo la Wild Pacific Trail en la isla de Vancouver o en las costas de Oahu, Hawái, pero lo que encontramos aquí era otro nivel. Con el primer vistazo nos había parecido ver un enorme tsunami, una muralla de agua espumosa galopando a toda velocidad dispuesta a devorar la tierra.  Ahora, frente a frente, veíamos que no se trataba de una muralla sino de todo un ejército de olas gigantescas que se estrellaban incesantemente contra la costa. ¿Pero quién le puso Pacífico a este océano?

Olas impresionantes en Pacifica, California

Es complicado hacerse un idea del tamaño en una fotografía, pero creednos: ninguno de nosotros hubiera jugado a pasar por debajo de esta ola

Fuimos hasta el espigón, lleno de pescadores y de curiosos por igual, donde había un chico apostado, una especie de “vigilante de las olas”, con la misión de evacuar el lugar en caso de que la mar se pusiera demasiado brava. Paseamos por esta estructura de hormigón contemplando hipnotizados el embate constante del mar y comprobamos la fragilidad de las construcciones humanas cuando se enfrentan a la naturaleza: cada ola que rompía transmitía su increíble fuerza a los pilones y la estructura completa se sacudía bajo nuestros pies.

El oleaje hacía temblar el malecón de Pacifica, California

A pesar de la altura del espigón, las olas alcanzaban a salpicar a los paseantes

Para que os hagáis una idea del espectáculo, echadle un vistazo a este vídeo. Aunque no lo parezca cualquiera de estas olas era más alta que una persona y pondría en aprietos muy serios a cualquiera lo suficientemente loco como para poner un pie en el agua.

De vuelta a Los Ángeles

Para irnos de la ciudad de la bahía habíamos tomado la carretera 1, una vía que presume de ser la más bonita de California, del país y, si le preguntas a un estadounidense, te dirá que del mundo entero. Nosotros no haremos una afirmación tan categórica, pero hay que reconocerles que el camino ofrece unas grandes vistas sobre un tramo de costa muy bonito con numerosos parques, playas e impresionantes acantilados. Invertimos dos días para recorrer los 741 kilómetros que separan San Francisco de Los Ángeles por esta carretera costanera. Evidentemente, no es la ruta más corta, pero desde luego es la más bonita, sobretodo cuando se recorre de sur a norte con el mar a mano derecha.

Para el primer día habíamos planeado llegar hasta la ciudad de Monterrey y para el segundo el tramo más famoso, el Big Sur, hasta Morro Bay.

La carretera 1 une San Francisco y Los Ángeles y presume de ser la carretera más bonita de California

Conduciendo junto al mar

Pacifica y su impresionante oleaje fueron nuestra primera parada, pero a lo largo de ese día nos detuvimos una y otra vez en los distintos apartaderos que íbamos encontrando en la cuneta de la carretera. Habíamos elegido un día inmejorable ya que, a pesar de ser finales de enero, el sol brillaba con fuerza y calentaba lo suficiente para pasearse en manga corta. El problema fue que, al igual que nosotros, la mitad de California había decidido salir a disfrutar del buen tiempo y transitaba por carretera dirección sur. Nos encontramos con una cantidad increíble de tráfico que llegaba al colapso total en las proximidades de algunas salidas. La mañana transcurrió poco a poco con paradas continuas y con el único consuelo de las magníficas vistas sobre la costa, el solecito calentándonos la piel y las canciones revival de la radio.

Cuando nos acercamos a la zona de la Half moon Bay, el tráfico dejó de ser tan denso y empezamos a disfrutar un poco más de la conducción aunque en este tramo la carretera ya no discurría tan pegada al mar.

Vistas cerca de la Half Moon Bay, California

Vistas de una playa cercana a la Half Moon Bay

Siguiendo hacia el sur encontramos el faro de Pigeon Point que con sus 35 metros es el más alto de la costa oeste de los Estados Unidos. El edificio y los terrenos aledaños se convirtieron en un parque estatal por su valor histórico, pero a pesar de su antigüedad, fue construído en 1871, el faro hoy en día sigue a pleno rendimiento. El conjunto de construcciones se alzan sobre un promontorio rocoso que entra al mar y conforman una estampa de lo más pintoresca que bien se merece un parada.

El faro de Pigeon Point, California

Buscando elefantes marinos

Para la tarde teníamos planeado llegar hasta Año Nuevo, un parque estatal famoso por acoger una importante colonia de elefantes marinos. Estos gigantes del mar, una especie de foca extremadamente voluminosa, estaban en uno de los momentos más intensos del año, pues se encontraban en plena época de apareamiento. No es que seamos unos raritos ni tenemos ningún fetiche con ver un puñado de focas obesas montándoselo en la playa, pero con el exceso de hormonas en el aire sabíamos que los machos nos ofrecerían un buen espectáculo.

Lo que no sabíamos era que ese fin de semana el parque acogía un evento especial para recaudar fondos y que, previo pago de una entrada de 60$,  permitía acercarse a escasos metros de los animales. No estábamos dispuestos a pagar tanto, pero igualmente nos acercamos con la esperanza de poderlos ver. Se nos quedó cara de tontos cuando nos encontramos a una rangers que nos informó que los elefantes marinos habían desalojado la playa con la subida de la marea y que ya no quedaba ninguno. Parecía que íbamos a quedarnos sin verlos, así que nos resignamos a pasear por la zona mientras el sol iba cayendo y nos regalaba un momento de quietud antes de la noche.

Parque Estatal Año Nuevo, California

Con estas que nos encontramos con un par de rangers y charlando con ellos les contamos la decepción de no haber visto la colonia. Al momento echaron mano a un mapa y nos dieron señas para encontrar otra colonia, un poco más al sur, que estaba justo en nuestra ruta del día siguiente. Aunque no era tan grande como la de aquí nos aseguraron que no nos decepcionaría.

Parque Estatal Año Nuevo, California

Cuando estábamos en la playa a punto ya de volver al coche, escuchamos unos alaridos lastimosos parecidos a un llanto. Escrutamos la playa para saber de dónde venían hasta que vimos algo arrastrándose torpemente saliendo del agua. Era un cachorro de elefante marino que, por algún despiste, había perdido el rastro de su familia. Apenas podía moverse por lo que al principio creímos que estaba herido, aunque luego comprobamos que sus patas no están hechas para soportar todo el peso de su cuerpo en tierra firme.

Cría de elefante marino en la playa del Parque Estatal de Año Nuevo, California

Aunque los cachorros de los animales suelen ser muy tiernos hay que reconocer que los pequeños elefantes marinos no son muy guapos

Nos quedamos un buen rato contemplándolo desde la distancia con un poco de mal cuerpo ya que el pobre animal se veía muy indefenso y no paraba de llamar a su madre. Siendo optimistas pasaría la noche en la playa y a la mañana siguiente se reuniría con el resto de sus congéneres, siendo realistas… recordemos las lecciones del Rey Mufasa sobre el Gran Ciclo de la Vida.

Puesta de sol en el Parque Estatal de Año Nuevo, California

Alexandra en Año Nuevo, California

Después de esto condujimos sin detenernos hasta llegar a Monterrey. Al día siguiente recorreríamos el Big Sur y conoceríamos los elefantes marinos de Piedras Blancas.

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